Hay que definir quiénes pueden hacer un trabajo limpio y depurado en el negocio del cine dominicano

Por Johnny Arrendel

Ver una película dominicana se ha convertido en una experiencia nada gratificante para quienes tienen cierto gusto artístico, pero incluso para el gran público.
Para muestra, un botón: “Trabajo Sucio”, otro intento fallido de contar una historia con carácter cinematográfico.

Si sus productores y realizadores son honestos consigo mismos, reconocerán que esta secuencia de imágenes, diálogos y tiros de cámara no merece llamarse película.
No es que pidamos que cada producción califique como una buena película de acuerdo a los estándares internacionales, pero sí que se exprese dentro de los recursos correspondientes al cine.

David Pagán, quien viene con credenciales de trabajar como asistente de los directores con mayor número de realizaciones en el ámbito local, se concentró solo en la fotografía, la edición y las locaciones, pero descuida totalmente la caracterización de los personajes.

Pero sobre todo el guion, el desarrollo de la historia, que como apuntan algunos críticos, trata de apoyarse en recursos inspirados o calcados en otras producciones, incluso, en clásicos del cine. Pero si se va a copiar, copie bien o resultará un fiasco.

El proyecto pretende ser una sátira, una parodia, una comedia, un drama y hasta tiene pasajes de trillar y de suspense, pero termina siendo un menjurje indigerible.

La Dirección Nacional de Cine debe intervenir y poner coto a este relajo de que se aprueben guiones sin contenido, ilación e interés que justifiquen convertirlo en un filme con los beneficios derivados de la Ley General de Cine.

Como en el caso de Roberto Angel Salcedo, si con sus bodrios ha obtenido grandes beneficios, lo justo es que reinvierta parte de esas utilidades en nuevas realizaciones donde dependa menos de los beneficios de la Ley.
Roberto y otros que obtienen grandes éxitos comerciales con el cine criollo también deberían patrocinar o servir de mecenas de otros realizadores talentosos, pero con menos recursos a mano y de esa manera enriquecer la variedad y potencialidades del ámbito cinematográfico nacional.

El elenco de Trabajo Sucio no tuvo dirección de actores, o ese renglón lo desempeño un incompetente, eso está claro.
Nashla Bogaert y Kenny Grullón realizan una labor histriónica totalmente desechable, nada les aportan a sus personajes.

Cheddy García no hace más que repetirse en gestos e inflexiones, mientras que Frank Perozo es incapaz de interpretar con gracia al personaje dominicano más típico y pintoresco, “el cibaeño embullao”.

Perozo incluso, bota, es decir, pierde al personaje, en su escena de mayor intensidad dramática.

Los youtuber a quienes se incluyó en el elenco muestran claramente que si en realidad cuentan con algunos talentos no les fueron canalizados adecuadamente para ponerlo a brillar en la pantalla grande.

Sin embargo, en una confirmación de que “no hay papeles pequeños, sino actores pequeños”, el joven que hace de guardaespaldas, Vicente Santos, se desempeña con cierto rigor y sale más a camino, convence, que casi todos los demás.

Creo que es tiempo de que la industria cinematográfica dominicana, aun en ciernes, se organice para determinar y reglamentar quienes califican como directores, escritores y guionistas, fotógrafos y actores, a fin de garantizar el porcentaje que mínimamente deberá incluir cada proyecto fílmico aprobado..

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